Ante todo el iconógrafo es un servidor de la iglesia y de la fe del pueblo de Dios. La iglesia le concede una bendición especial y le unge las manos para que su ministerio tenga esta gracia. Es también un testigo de la tradición; sin perder su huella personal, se deja instruir por la iglesia y deja que su arte se ajuste a los cánones impuestos por la tradición, para que refleje y exprese la teología del ministerio que él pinta; se pierde, por así decirlo, en el misterio de la iglesia.